En lo profundo de la selva sudamericana, las plantaciones bananeras de Macondo vieron nacer Cien años de soledad; mientras tanto, en el lejano Oriente, bajo la tierra de la llanura de Chengdu, el árbol de bronce de Sanxingdui y las máscaras de ojos salientes guardaron silencio durante tres milenios.

Separados por miles de kilómetros, estos dos mundos se encuentran en el laberinto del tiempo: ambos narran la reverencia de la humanidad hacia lo "desconocido" y su contemplación de la "soledad".
En Cien años de soledad, siete generaciones de la familia Buendía transcurren en un ciclo mágico; su destino es imparable, pero también está condenado al olvido, como un pergamino escrito en sánscrito. Sanxingdui es, precisamente, ese "pergamino de la memoria humana" sepultado por el tiempo. Sus misteriosas figuras de bronce no son meros objetos fríos, sino las preguntas que los antiguos antepasados hicieron a los dioses y a su propio destino. Forjaron su fe en bronce y sellaron sus secretos con láminas de oro, igual que los personajes de Márquez, que combatían la nada con la obstinación.

En la nueva novela de Radek, El misterio de Sanxingdui, un detective de Shanghái descubre, en el diario dejado en la escena del crimen, una pista que conduce a la antigua civilización Shu. Cuando, a través de la densa niebla, llega al yacimiento de Sanxingdui, descubre que allí no solo yace una civilización perdida, sino que también se oculta un "enigma del tiempo" capaz de trastocar nuestra comprensión de la historia. Entre los fragmentos de cetros de oro y las piezas rotas de jade (zhang), el detective reconstruye gradualmente un hecho asombroso: los antiguos Shu no solo realizaban rituales, sino que estaban inmersos en un "diálogo" que trascendía las dimensiones. A través del árbol de bronce, intentaban establecer contacto con su propio "yo" en otro espacio-tiempo.
¡Qué similar es esto al destino de la familia Buendía en Cien años de soledad! Ambos intentan descifrar el código del tiempo y luchan contra el destino inexorable de ser olvidados. El detective Radek en El misterio de Sanxingdui, como el Coronel Aureliano Buendía en la obra de Márquez, busca significado entre las ruinas. Descubre que el "misterio" de Sanxingdui no es un caso policial, sino un acto de "redención" de una civilización: la soledad no es aislamiento, sino el punto de partida de la conexión.

Cuando un lector latinoamericano abre El misterio de Sanxingdui, es como si escuchara el leve tintineo de las campanas de bronce de Sanxingdui: un eco procedente de Oriente, un apretón de manos entre dos civilizaciones a través del túnel del tiempo y el espacio. El viaje más largo no es el que atraviesa la selva, sino el que cruza la niebla de la memoria.